El Comentario del Samurái

De debatir y de batirse

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Por El Samurái

“Batirse en duelo”, decían los caballeros en las historias románticas de antaño, es decir, llegar a un punto estratégico para allí, desenfundar armas y pelear por la dama ofendida, por el honor y por el respeto; embistiendo con el florete o enfrentando al destino con una única bala sin la posibilidad de cubrirse más que con la niebla de la mañana. Sangre por honor y vida por respeto. Siempre me pareció una verdadera tontería; sin embargo, un reto no puede dejarse; no debe, pues si bien la huida es la mejor estrategia para conservar la vida, también la cobardía es la madre de la derrota en la guerra.

Dice el Bushido, credo de vida de nosotros los samuráis, que no debemos buscar la guerra, pues es maldita y maldice a quien la busca; sin embargo, si la guerra nos alcanza debemos de estudiar cuidadosamente el terreno, al enemigo, nuestras armas, las suyas, la estrategia y el tiempo; así mismo, no huir de la guerra si esta ha tocado a nuestra puerta. Hay que dar un golpe rotundo y certero, hay que cortar de tajo la vida del atacante si es que persiste en la necedad de poner en peligro nuestra vida, dice el Bushido; pero antes hay que tratar de ganar la guerra sin enfrentamientos, sin sangre, convenciendo con palabras, con estrategias y habilidad. Lo que sea necesario con tal de evitar la guerra, es bien recibido, pero si la guerra nos busca lo recomendable para el samurái es no escapar, si no enfrentar rápida y eficientemente a la muerte, por si acaso se logra evadir.

Cuentan que Miyamoto Musashi fue el samurái y espadachín más grande de la historia. Dicen que nunca fue derrotado y que logró desarrollar su habilidad con la espada y la sabiduría a grados impresionantes. Él podía derrotar a quien lo atacara, y vaya que lo buscaban para robarle su fama, con sólo hacer presencia ante su enemigo. No tenía que batirse en duelo; no había elegantes choques de espada ni hábiles gestos o gallardos movimientos; sólo se ponía en frente a su atacante y lo miraba, pues a veces con ello era suficiente para obtener la rendición.

Esto lo recuerdo pues ante los debates surge la curiosa idea de que el puntero no debe presentarse ante sus contrincantes a responder acusaciones y tratar temas en abierto. ¿Para qué arriesgar el puntaje? ¿Por qué si se va ganando, se debe de poner al candidato fuera de su zona de confort? ¿Qué no basta con dar más discursos y mantener las encuestas en orden? No mis gentiles amigos, ya no basta con ello. Eso le pudo servir a Andrés Manuel López Obrador hace 7 años, pero recordemos la fallida estrategia que representó para él el año pasado. Estamos ante una nueva sociedad, que opina, se informa y pasa la voz de lo que muchos piensan.

Es la sociedad de las redes, la comunidad del “feis”, la ciudadanía del tuiter. Queremos ver a los candidatos que nos gustan lucirse frente a los que no queremos y mientras, comemos palomitas y nos tomamos una chela, como si fuera la final de la Eurocopa. Queremos ver cabezas rodar.

Pero no sucedió así en el debate del IEV el pasado lunes 18. No en todo aspecto. De entrada, había demasiados gladiadores; un par de ellas, lamentablemente lentas, con ideas cuarteadas por la tradición y la terquedad. Dulce Dauzón debe estarse lamentando aún la mala hora en que aceptó entrar a debatir, porque en tres horas perdió la imagen de madre xalapeña, empresaria y política de izquierda que se hizo en base a videos publicitarios en YouTube. Palabras equivocadas, lentas, mal acomodadas, sin tiempos medidos, acortados por un reloj que, implacable, la acosaba severo pues no perdona edad o género; Dauzón perdió ante sí misma y su más grande debilidad: la palabra propia, escasa y mal ejecutada.

Abel Cuevas, llegó sobrado de sí mismo, pero se fue perdiendo en el camino. Llegó con la espada en mano, atacando, arremetiendo contra el candidato del PRI como sí sólo a ello hubiese ido; aunque luego se dio el tiempo de jugar a las luchitas con su compañero de partido, ahora candidato por el PRD, Marcos Salas. Pero Cuevas cometió el error de los malos peleadores: ser el primero en atacar. No midió el terreno y por cierto, se ve que trae un equipo pésimo, o es él el que no puede ser ayudado por su gente de campaña. Por alguna razón, el community manager de Abel Cuevas publicó en sus redes una fotografía donde Cuevas se ve fiel a la imagen que tienen de él los xalapeños: un hombre pequeño, oscuro, amargado; sus hombros encorvados y gesto adusto complican más su ya de por sí desarreglado rostro, cayendo en el problema de comunicar mal lo que ofrece el candidato. Fotógrafo y Community Manager deberían ir buscando trabajo pronto, porque, o no saben cómo ayudar a Abel o de plano no se puede y no lo lograrán. Lo más patético, que no ha logrado entender al “Candigato Morris”, ese que le robará puntos en la elección, pues es expresión de la sociedad harta de los malos políticos y, qué él, insiste en ver como una mascota a la que puede comprar con croquetas. El panista azul debe estarse lamentando por su asistencia también, pues el que huye, aunque cobarde, sobrevive.

El panista amarillo, Marcos Salas, quien va por el PRD, fue el más decepcionante de todos. Confuso, lento, farolón y desvergonzado. Me recordó no a un samurái, ni a un ninja, mucho menos a un espadachín de cine mudo. Parecía el gordito del meme de youtube, el famoso “Star Wars Kid”, ese que antes de los grandes éxitos del video personal se hizo famoso por hacer el ridículo “paloteando” con una espada de juguete frente a una cámara, como si pudiera hacer pensar a la audiencia que sí sabía mover el aparato… la espada, quise decir. Marcos Salas se convirtió así en un distractor más y no vale la pena hablar de él para no distraernos de ese modo.

Américo Zúñiga es otro cantar. Supe de buena fuente que hubo quien le dijo que mejor no fuera, que para qué arriesgarse. Que si iba arriba en las encuestas no tenía por qué arriesgarse a ganar el debate y perder la elección. Zúñiga Martínez, de nuevo renuente a mantener el protocolo político de siempre, como cuando comprendió que el Candigato es el “hasta aquí” de la sociedad que marca que esta es la última oportunidad para que los políticos recuperen la confianza perdida y fue el único candidato que reconoció su valor social; evasivo entonces del protocolo, Américo asiste al debate. A él sí lo dejaron entrar, a él sí le informaron del debate. Llegó puntual, bien vestido, se mantuvo firme, ocupó todo su tiempo sin pasarse y enlistó a detalle las propuestas que define en sus 5 ejes rectores. No contestó ningún ataque, no se permitió a ultranza la euforia de la peléa; llegó, vió y, dicen en las redes sociales, venció. Es cierto que un debate “no se gana”, pero yo pienso que sí se gana de algún modo, porque gana el que se ve mejor, el que resuelve, el que no se enoja.

Los otros candidatos, los minicandidatos, que luchan por morder como perros de guerra lo que queda y así sobrevivir, deberían ocuparse de convencer a quien puedan para así mantener el registro.

Lo más terrible de todo fue tener que ver todo ese vaivén de aburrimiento y tensiones con tantos candidatos. Yo retomo la idea de Zúñiga Martínez, quien dice que lo mejor es debatir con el segundo lugar, porque debe haber un segundo, y así nos quitamos de repeticiones sosas y lentas. Por otro lado, Américo no salió disminuido, si no todo lo contrario. Se acercó, le pegaron, evadió los golpes y salió caminando sin desenvainar la espada. Lo buscaban en debate para restarle puntos y se encontraron con el diputado qué más tomó la tribuna en esta legislatura, un probado orador que planifica y sabe cuando responder y cuando callar.

El debate ya fue, ya pasó. Lo que viene es el cierre, la última vuelta de las campañas, y van a tratar de darle con todo por ser el puntero. Y se usarán los recursos de siempre; se recurrirá al rumor, al pasado escabroso lleno de nubes y falsos recuerdos, se acusará con inventos. Viene el show de los vencidos.

Para mi gusto, sólo hay dos punteros: El Candigato Morris, es decir, la siempre presente abstinencia a vencer, que ahora tiene cara de gato y Américo Zúñiga; quien dice estar tratando de hacer que la gente vuelva a creer, a tener confianza y se preste a cooperación con un gobierno que le represente.

Cualquier reclamo, debate, espadazo o saludo será bien recibido en mi twitter: @ElSamurai. ¡Otsukaresamadesu!

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