Mi silla y el combate a los baches

Publicada en Publicada en El Comentario del Samurái, Opinión

El ser humano es un animal necio y caprichoso. No se si algún sabio lo dijo, pero si no, yo me adjudico la frase, faltaba más; que de sabios el mundo anda necesitado y si cualquiera puede ser diputado, entonces yo bien puedo pasar por erudito.

Lo peor de todo es que, otras especies dominantes del planeta, mismas que compiten por el poco espacio que les hemos dejado, actúan con claridad de acciones ante las prioridades de su vida; y en tanto, los seres humanos somos persistentes en evadir la realidad, en caminar por lo insensato y en buscar lo efímero. Somos presa de pasiones, esclavos del orgullo y vanos en el fatídico mantra del ego.

En mi caso, me enorgullezco de no conocer una cruda y no malgastar mi dinero en cigarros, siempre digo que mi único vicio es tan caro que me es inaccesible; el consumo de productos tecnológicos me es algo difícil de resistir y sólo el alto costo de los mismos me impide abandonarme al placer del aroma a celofán, unicel y silicio. De hecho, mi vida prácticamente se rige por normas zen que me impiden caer ante la tentación aunque tenga por un momento la capacidad de compra. Si me alcanza para comprar algo que sí necesito, voy por ello a la tienda y hago un ritual de su apertura. Nadie puede decir que no tiene un vicio, así sea el cigarro, la pornografía, la comida grasosa o algún tipo de costumbre mal habida de esas que tienen a nuestro país por los suelos; pero todos tenemos algo que nos gusta hacer sin razón y, muchas veces, si no es que siempre, hace daño todo exceso.

De hecho, con certeza ello en algún momento me ha llevado a decidir entre gastar en algo que necesitaba o en algo que pudo haber esperado aunque igual, me hacía falta. Una ocasión, sucedió que tuve la necesidad de comprar un segundo monitor para mi computadora de escritorio, mismo que me es muy útil para la edición de video y que me permite trabajar a dos pantallas, cosa muy recomendable para trabajar com más comodidad.

Sin embargo es el día que no he podido comprar una silla nueva, más ergonómica y cómoda, una que me permita transitar por las horas de escritorio sin padecer dolores lumbares o, en buen cristiano, achaques en el lomo. A veces los dolores son tan molestos que por sí mismos me provocan otros padecimientos, como cefaleas o molestias en las rodillas. El punto es que sí, el monitor se ve muy bonito, funciona muy bien y me ha resuelto muchas cosas, pero el dolor no me lo quita nada. Le sugerí a mi esposa, Akire, que necesitaría algún masaje de esos que tomaba el Dr. House con modelos escandinavas, pero no me vio con muy buenos ojos y, aunque no es muy celosa y es lenta para la ira y pronta en misericordia, preferí no despertar al dragón y he optado por soluciones más ortodoxas como dormir en posición momia o colgarme como murciélago para ver si eso ajusta mi espalda.

El hecho es que no compré una silla nueva cuando pude y ahora no puedo comprarla, porque una silla nueva y decente cuesta por lo menos mil pesotes y no dispongo de ellos.

Todo esto me vino a la cabeza cuando comenzaron las quejas de la ciudadanía xalapeña acerca de la multitud de baches que hay en la ciudad. La realidad es que son muchos, y ya lo eran antes, pero ahora bien podríamos encontrar usos turísticos a los agujeros que engalanan nuestra urbe, como colocar un “paseo lunar” o una ruta por los huecos más viejos o de plano traer personalidades para inaugurar los nuevos. Son demasiados baches y con las lluvias el aumento es mayor que de costumbre. Y entonces pienso en mi silla y veo la similitud del caso: Si no se pueden bachear las calles es porque se ha gastado el dinero en algo que no correspondía, que quizá no era urgente y que tal vez no hacía falta.

Hace más de un año platiqué con la Presidenta de Xalapa, Elizabeth Morales y me comentó, desde entonces algo que ahora se percibe con mucha claridad: no iba a alcanzar el dinero para arreglar todas las calles ni para pavimentar lo que la gente esperaba. Me lo dijo así, claramente, tal cual. En ese momento me dijo que, a pesar de que había logrado bajar recursos federales para la construcción de calles y bacheo, ella prefería dedicarlo a poner pavimento hidráulico, porque es permanente y más resistente. Me comentó claramente que cuando un recurso se baja va etiquetado y, que aunque se tengan dos millones, si la aportación va etiquetada para parques, se tienen que gastar en eso aunque hagan falta calles. No se quede viendo así la pantalla, usted quien lee, así es esto de bajar recursos, es un candado para evitar que se muevan de un lado a otro y terminen gastándose en cualquier otra cosa.

Lo que no me dijo en ese momento la Presidenta es que los obreros se equivocarían u ocuparían materiales costosos y reabrirían las calles ya terminadas o que sólo se arreglarían las cosas más visibles, como la Avenida Murillo Vidal o las calles que dan a los lagos. No me dijo que pasado cierto tiempo se descuidaría el programa Bachetel y que las denuncias ciudadanas se harían la regla ante la falta de atención de los encargados de responder a las necesidades de bacheo.

Yo le dije esa ocasión que, no podía imaginarme el peso de cubrir tal necesidad, pero que tenía una forma de imaginármelo. Existe un juego muy famoso, llamado Sim City, en él, el jugador interpreta al alcalde de una ciudad y debe de comenzar a construirla, obtener recursos y mantenerla funcionando con los problemas que nacen en ella, como la distribución de zonas, contaminación, seguridad y demás. Hay un punto en el cual, la ciudad crece pero la recaudación económica no se empareja y uno comienza a perder dinero, por lo que hay que pedir prestado; después de ello, las cosas se pueden poner muy mal y uno comienza a recortar gastos. Así las cosas, si uno resta dinero del que se aplica a los caminos las calles se comienzan a llenar de baches y llega el punto en que no pueden ser transitadas. Eso en el juego y, sí, también en la ciudad en que vivimos.

La verdad no voy a ser tan suspicaz como para imaginarme la manera en que se gastan recursos en un municipio. Lo que sí es un hecho es que estamos a unos meses de que termine una administración que ha sido muy criticada por la gente y eso no se puede esconder de ninguna manera. Tampoco se de dónde ha salido el recurso para disponer en los muros mal pintados que se han puesto, porque hay que reconocer que no son obras de arte y que hay otras técnicas para realizar decoraciones urbanas cómodas y prácticas, e incluso, subvencionadas por la Iniciativa Privada; pero pienso que si no hay o no hubo recursos para gastar en mejores calles y por lo menos dejar transitadas las que tenemos es porque algo estuvo mal, más aún si se ha optado por decisiones tan polémicas mientras se dejan las calles en mal estado.

Aún no es tiempo de una evaluación, porque esto no se ha terminado, pero hay que reconocer que hace falta mucho en esta ciudad y que la gente está molesta, decepcionada y cansada. Y buscan un culpable, alguien a quién responsabilizar, sólo chequen el hashtag #BachesXalapa. Pero mientras tanto, las calles padecen mucho, simplemente, aquí al lado de mi casa tenemos calles que tienen décadas sin pavimentación, a lo que ya terminamos por acostumbrarnos, pero quien tiene sus calles pavimentadas y sin mantenimiento comienza a decaer y poco a poco los malos sentimientos reinan y abunda el caos. Es como Feng Shui a la mexicana.

Yo no voy a buscar culpables ni a señalar a nadie, pero es mi responsabilidad ponerme en medio y dejar claro que si hay algo en qué presionar es precisamente en que la ciudad quede, por lo menos, transitable. Yo con mi silla nueva quizá pediría un monitor extra, pero por lo menos no tendría dolores de espalda cada noche y esta ciudad quizá necesitaba menos muros de colores y más calles con el pavimento completo. Quizá, sólo quizá.

Síganme, si un bache no los atora, en twitter, en mi cuenta @ElSamurai. Otsukaresamadesu.

Foto: Miguel Ángel Gómez Polanco
Avenida Rébsamen, a la altura del “columpio”

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