Para seguir escuchando tu música debes quitar la pausa.

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Fotografías decoloradas, libros amarillentos, hojas sueltas que han servido como alimento de polillas y de diminutos insectos. Paredes llenas de humedad y salitre. Muchas cartas, algunas que fueron recibidas hace mucho y algunas escritas a la mitad que nunca fueron enviadas.
Aparatos eléctricos que no se sabe si aún funcionan ya que han dejado de usarse, instrumentos musicales empolvados. Puertas que rechinan porque no se les ha otorgado una dosis de aceite a sus bisagras.
Tenis para correr usados sólo un par de veces con el plástico deteriorado por enmohecimiento y una caminadora cumpliendo funciones de perchero.
Lápices de color a medio usar junto a viejos rollos de papel de algodón llenos de arrugas. Archivos de texto en las carpetas olvidadas de una computadora, con cuentos y proyectos de novelas “sin nombre”. Plasmadas en servilleta de papel están todavía esas locas ideas; aquellos fragmentos de la canción que estabas componiendo, están ahora guardadas y olvidadas en el cajón de la mesa de noche. Dibujos y frases en cuadernos de bolsillo, apilados en ese misterioso librero donde nadie mete la mano por miedo a las arañas.

Rodeados siempre de sonidos, aromas, colores, texturas y sabores que nos hacen recordar el paso del tiempo y de aquellas cosas que hemos dejado atrás. Sueños completados y otros inconclusos, entre los cuales hay algunos que no sabemos aún si algún día verán “el gran final”.

Entonces reflexionamos y tratamos de recordar dónde dejamos las llaves de nuestro cofre de los sueños (dicen que tardamos la mitad de nuestra vida buscando llaves). Esos sueños que encerramos porque provocaban dolores de cabeza a otros, o porque nos eran muy complicados, o porque había otros más llamativos y fáciles de alcanzar.
Vagamente recordamos el dolor que sentimos cuando nos criticaron, cuando nos censuraron, cuando nos dijeron que no sabíamos nada de la vida y que lo mas importante era tener para comer y para pagar las cuentas.

¿Por qué? ¿Por qué dejé de hacerlo? ¿Vale la pena retomarlo? ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Qué precio pagaré en vida o después de ella para lograrlo?

Así pues, he estado yo las últimas semanas. Preguntándome si valía la pena volver a escribir.
Antes solía hacerlo, claro, como muchos, tenía un blog donde escribía desde el comentario mas superficial, hasta uno que otro divague excéntrico, de esos que de pronto asaltan mi cabeza.

Con todo y mis errores de redacción, mis sabias o tontas letras, tenía un público decente (e indecente), ya que mínimo me leía una buena parte de mi parentela, algunos amigos(as), amigoswannabe’, stalkers y varios lectores sin rumbo pero con muchas ganas de leer. Y fuera de todo ese variado público, me tenía a mi misma para leerme, criticarme fuertemente, aplaudirme una que otra ocasión o reírme de mis propios chistes y ocurrencias.
Dejé de hacerlo por frustración al no poder ser yo misma. Esto debido a que por un tiempo, por motivos personales, me vi en la necesidad (o necedad) de escribir, como le llaman: “con línea”. Grave, gravísimo error.
Más aun, cuando lo que yo vivía en mi hogar, en mi interior, mis pensamientos; distaba mucho de ser aquello “perfecto” o “ideal” para cumplir las expectativas de un público cuyas ideologías yo no compartía. Ideas lejanas a mi realidad. Definitivamente algo dentro de mi me decía que todo eso no era lo que quería expresar.

Es como cuando usas unos zapatos que no son los tuyos, más aun, si se trata de zapatos de tacón alto.
Bien sabes que, cuando no estás acostumbrado a vestir con algo así; porque no es lo tuyo, o no te gusta o te lastima; tarde o temprano darás el azotón o preferirás andar descalzo lo que resta del camino. Y sí, tal como imaginan, di el azotón. Me quité esos zapatos que no eran míos y preferí caminar descalza.

Fue entonces que decidí dejar las letras en lo que se asentaban las aguas, en lo que definía quién era yo y hacia dónde quería llegar al escribir. Vivir una vida más al estilo de un hobbit promedio, muy muggle, no llamar la atención, ser invisible.

Hoy pienso: ¡Claro que vale la pena retomarlo! ¿Para qué? Para ser feliz, aprender a terminar lo que empiezo; aprender a expresar mejor, sin algún tipo de “línea” lo que proviene de mi misma. ¿Para quién? Para mi y para todo aquel a quien le sean de utilidad mis vivencias, experiencias e ideas. ¿Cuál es el precio? Alto, sí. Supongo que perderé mucho en el camino, pero creo también ganaré más. Y como sea, después de todo, sólo se vive una vez. Sólo por eso vale la pena.

Y tú ¿Te has hecho esas mismas preguntas? ¿tienes sueños con los engranes oxidados, guardados en lo mas profundo de tu ser? ¿Estaban tus metas sonando a buen volumen y con ritmo pegajoso cuando tuviste que poner pausa o stop para atender las metas de alguien mas? ¿Silenciaste tu creatividad por miedo al qué dirán? Vamos, pon play, ¡sube el volumen y vive ahora! No dejes que la vida se te escape y se pierda en el temible bosque de los “hubiera”.

Y bueno, mientras encuentras esa lista perdida de “cosas-divertidas-para-hacer-mientras-viva”, o si ya la encontraste, pero quieres agregar nuevas cosas a ella, te doy la bienvenida a esta columna. Entra, pasa, siéntate en la mecedora de lo extraordinario, sírvete una taza de infusión mágica de letras que disminuyen prejuicios, come muchas de estas galletas que aumentan la curiosidad y disfruta la música que proviene de cada coma y de cada punto en este texto, que aunque parezca burdo, está hecho con el corazón.

Nos seguiremos leyendo.

Akire San.

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