El Comentario del Samurái

Por Goyo y por nosotros

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En vista de retomar este congelado espacio vuelvo a escribir por un triste y sinuoso tema. La desaparición y posterior hallazgo de nuestro compañero Gregorio Jiménez, Goyo, reportero policiaco que desapareció en uno de esos tan mentados levantones.

No voy a citar fuentes secretas, ni realidades escondidas; no tengo datos que me hagan sospechar de un complot de autoridades o una victimización de los medios. Los hechos son los hechos y de a oidas no podemos calar la verdad. Los rumores sólo desatan rumores y los periodistas enojados no tienen más conocimiento de la verdad que aquellos que se sienten consentidos; todos somos parte del mismo barco y, nos guste o no, el periodismo no se hace en base de rumores, si no con observación directa, investigación, prudencia y mucho criterio. Así, a la antigüita.

Goyo, entiendo, era de esos reporteros que, precisamente, se meten al lodo para ver si está hecho de tierra y agua. El periodista que habla e investiga de una fuente directa es el que se compromete con los hechos y el que no, se conforma con los rumores. Rumores que si repites 1000 veces se convierten en “realidad” aunque no sean veraces. Por eso es tan dolorosa su pérdida, por eso es tan llena de pena y tristeza. Por ello su nombre tintado de negro es un cincelazo más en la lápida del periodismo mexicano, porque nos duele que un reportero, en cumplimiento de su deber, sea callado.

Hoy fue un día de declaraciones tras declaraciones. Un día aciago, lento y fatuo. Cuando Eduardo Sánchez Macías, diputado y dueño de medios declaró a la prensa que cubre la fuente del Congreso del Estado, sus palabras fueron de esperanza y triunfo. Lo hallaron vivo, dijo citando a sus medios. López Dóriga había escrito también por Twitter presurosamente la noticia de que había sido encontrado con vida. Luego la declaración de Erick Lagos y de Gina Domínguez negando tal hecho, pero confirmando un operativo en Las Choapas. Algo olía mal.

Después Reforma y otros medios nacionales declaraban en redes sociales tener datos fehacientes de que en el operativo, Goyo había sido encontrado pero sin vida.

Hace unos días, la ahora viuda había confesado que tenía sospechas de una vecina, dueña de un bar denunciado por su esposo. Ella señaló a la empresaria como una probable sospechosa, cosa que de inmediato fue descartado por algunos reporteros en plena indignación. Y es que un reportero policiaco no puede, a ojos de algunos, sufrir muerte que no sea por amenazas del crímen organizado o de algún político desviado. Si se tropezara en una escalera o se resbalara en la regadera sería por un escalón dañado por el narco o por un jabón sembrado por algún funcionario corrupto. Como si no pudieran existir otras razones de una muerte para un reportero.

Y conste que no estoy lavándole las manos a nadie. Pero veamos, ¿no se dan cuenta de lo fácil que es sufrir amenazas hoy en día? Hace un par de años, mi esposa y yo comíamos en La Parroquia del Centro de Xalapa cuando nos encontramos a un político quien me saludó con mucha amabilidad; sin embargo no perdió oportunidad para pedirme que le comentara al dueño de un medio para el que entonces laboraba que le bajara a sus críticas, no fuera a ser que “con tanto periodista desaparecido a él también le tocara”. Me reí en su cara (aprovechando la “amistad”) y le pregunté si era una amenaza. El político (hoy semi congelado) musitó ante mi y mi expectante esposa que no era tal cosa, que sólo era “preocupación”. A mi me amenazaron personas del movimiento “Yo soy 132” cuando los fotografié quemando publicidad y dañando propiedad pública en una de sus marchas, investigaron mis datos con un “amigo” quien los proporcionó alegremente “para servir a la causa”. Me han fotografiado policías mientras he cubierto protestas. Una vez me bajaron de una camioneta unos campesinos que tenían bloqueado el centro para que no les tomara fotos (se siente re bonito que montones de señores de sombrero y cara de enojados me prestaran tanta atención de pronto). Una vez me mandó a amenazar el autonombrado jefe de los evangélicos en el estado (ese santo señor, tan entregado a Dios) y en esa ocasión la amenaza la recibió quien era mi jefe (el que me mandó a amenazar el político que encontré en la parroquia). Unos maestros en las marchas me señalaron en bola como “prensa vendida” mientras me cantaban en coro, a lo que me acerqué a entrevistarlos sin nada de prejuicios y con toda transparencia, lo que cambió las críticas por un excelente autoanálisis de su movimiento, el cual registré sin cortes en video. Lo último que me sucedió hace poco fue que un empresario papanatas me amenazó porque lo contradije en Facebook, por un simple comentario; dijo que me iba a cargar la chi…moltrufia y que me iba a cobrar por la pérdida de tiempo que eso representaba para él.

Desde luego que no es gran cosa, no me considero un periodista amenazado ni perseguido. Todo lo contrario, intento establecer puentes entre la sociedad y los actores empresariales y políticos para mejorar la comunicación. Creo que ese es mi papel y lo intento cumplir a cabalidad. Pero nada evita que un día nos encontremos con alguien que, sobrado de inseguridad y de sueños de poder nos amenace y dicte juicio y condena. A la voz de “te va a cargar el payaso” puede señalarnos cualquiera. No tiene que ser político, no es necesario que sea empresario, no debe ser conocido. Cualquiera que tenga el poder, el dinero y la facilidad de descargar su enojo de un manotazo puede abusar y castigar por su mano a quien le criticó.

Por eso es tan complicado ser periodista. Y por eso es tan posible que la realidad sea la expresada por el procurador del estado, Amadeo Flores. En el lugar encontraron a la dueña del bar que antes había sido propuesta, según dicen los medios, por la misma esposa de Gregorio. ¿Posible? Desde luego. Pero tenemos por un lado muchos que por una o por otra razón dudan y dudarán de este razonamiento. Dudas siempre habrá, porque como dije, un reportero policiaco no puede morir de un accidente a los ojos de algunos de sus compañeros y si muere ejecutado, como al parecer le sucedió a Goyo, no será por los móviles que oficialmente se declaren. ¿Pero y sí así fuera? ¿Qué si a mi me hubiera golpeado hace dos años un fanático del 132, o uno de mis conocidos, o si el levantado fuera este Samurái por una opinión en Facebook? Quizá nadie se hubiera molestado en pedir que regresara vivo, porque no soy reportero de fuente policiaca, porque no escribo del narco, porque no golpeo a aquel con quien puedo dialogar. Lo siento por mi, que por ser un periodista más moderado en busca de una verdad (real) ocupo métodos más diligentes y menos “chismoseadores”. Perdón por la última palabra, me la inventé a falta de alguna que describa los nuevos métodos de “investigación” periodística de muchos que sólo quieren golpear porque ya se cansaron de sobar después del golpe.

No puedo decir lo que pasó con Goyo. Comparto el duelo de todos. Pero tampoco puedo culpar a nadie; ni al periodista caído, ni al gobierno, ni a la policía, ni a la sociedad o a la señora dueña del bar que ha sido señalada como presunta culpable. No tengo sospechosos. Como siempre diré, los culpables somos todos. Una sociedad que enseña el poder del dinero, que premia la falta de conocimiento, que convierte al lujo en sinónimo de éxito y que protege la inseguridad personal y la falta de autoestima con crítica desmedida a quienes señalan los errores de los que padecemos. Actores políticos y públicos que acepten la crítica, una prensa que dialogue, periodistas que investiguen a fondo sin llamar “fuente” a los que regalan rumores y sobre todo, personas de todos los orígenes que sean honestos consigo mismos nos darían la pauta para ser mejores en conjunto. Aún así, la indignación es mucha y no se cómo se podrá manejar, pues he aquí otro periodista caído por cumplir su deber; incluso con las declaraciones oficiales, asesinado por criticar el manejo corrupto de un bar.Por eso es tan comprensible la indignación, porque a nadie se le debería de asesinar por una nota periodística. Definitivamente hay que hacer algo, aunque no lo lograremos señalando culpables, eso es un hecho.

¿Qué esperanzas tengo yo que critico empresas en la prensa por su mal desempeño? Un día me encontraré  (espero que no, lo digo figurativamente) con alguien que me mande a levantar por criticar unas enchiladas. Y no me digan que no, porque es perfectamente posible; como si no conociéramos muchas personas capaces de hacerlo. Y sobre Goyo, ya había dicho que no traigo aquí alguna teoría conspiratoria, más que esperar información del caso, espero que no se repita. Si alguien quiere ser periodista, que lo haga lo mejor posible, cueste lo que cueste. Si yo quisiera otra cosa, sería jardinero y estaría más seguro ganando más o menos lo mismo. Eso sí, si con las tijeras me cortara un dedo ¿a quién le echaría la culpa? Claro que tampoco faltaría algún jefe opresor y gandalla que pudiera enojarse por que lo encontré haciendo algo indebido, pero eso sería ya otra historia. Por eso no soy jardinero, a lo mejor no es tan malo eso de ser reportero.

Pueden escribirme a @ElSamurai en Twitter. Otsukaresamadesu.

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