Yo soy, tú no eres. Y así estamos bien.

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Todos tenemos la necesidad de sentir que somos parte de algo; pertenecientes a, miembros de, algo que nos lleve a “ponernos la camiseta”.
Desde que nacemos se nos enseña que todo tiene un nombre, así vamos conociendo el mundo y aprendemos a relacionarnos con él. Nosotros mismos tenemos un nombre (a veces más), apellidos, adjetivos e incluso, apodos, eso nos identifica y de algún modo, nos aporta un grado de certidumbre acerca de quiénes somos y a dónde vamos.
Lo considero coherente. Pienso que el problema radica en que, conforme vamos creciendo nos dejamos envolver en ciclos de comportamientos e ideologías que nos impulsan constantemente a basar nuestra autoestima en esos adjetivos, en etiquetas, en esos nombres, y es entonces cuando al defender o intentar defender nuestros ideales como si esa fuera “la verdad”, pasamos la frágil línea del “soy” al “ustedes deberían ser como yo soy”.
Intolerancia, se llama.

El ataque terrorista que se realizó recientemente en Francia, así como todos los ataques terroristas y los ataques no terroristas (como esos que llaman “accidentales”), las guerras, el abuso del poder, el exterminio masivo de razas o grupos (gente percibida como inferior por gente que se cree superior), entre muchas otras fechorías y atrocidades cometidas por la humanidad misma que conocemos a lo largo y ancho de la historia; son una muestra a gran escala, abierta y clara, de lo que el ser humano es capaz de hacer cuando se planta firmemente en el absoluto de la defensa de su nombre, su grupo, su etiqueta, su verdad.

Sin embargo, pocas veces nos sentamos a pensar que eso mismo hacemos (aunque en “menor escala”, dirán) en nuestra vida diaria.
Todos criticamos a todos: (ejemplifico generalizando un poco) quienes tienen una carrera universitaria llaman perdedores e idiotas a aquellos que no la tienen, quienes no la tienen llamarán “cuadrados” a los que sí la tienen; ateos llaman “extremistas” a cualquiera que tenga una religión, y quienes tienen una religión llaman “malos y pecadores” a quienes no la tienen; los casados llaman “quedados” a los solteros y los solteros perciben a los casados como “esclavos” de sus familias; los que tienen hijos dirán que quienes no los tienen son egoístas y narcisistas, quienes no los tienen dicen que son más racionales que quienes sí los tienen; aquellos que tienen un empleo fijo afirman que quienes trabajan por su cuenta son irresponsables y quienes tienen negocio propio se mofan de “la mente limitada” de los que tienen empleo; quienes comen carne ven como ridículos a los que optan por los vegetales y quienes sólo se alimentan de vegetales critican el insalubre comportamiento de quienes consumen carne; quienes tienen mascotas piensan que quienes no las tienen son insensibles e inhumanos, mientras que quienes no tienen mascota considerarían que quienes sí tienen poseen un aspecto sucio, por aquello de vivir rodeados de animales. Mujeres contra hombres, hombres contra mujeres. Prejuicios por edades, por apariencias, por costumbres, por el país en el que naciste, por decisiones tomadas, por gustos y preferencias en general. Y así, podría hacer una larga lista de críticas, aseveraciones y juicios emitidos de unos hacia otros. Siempre tratando de ver quién es mejor. Equipos en constante competencia somos.

Creemos que nuestras soluciones a los problemas son mejores que las de los demás. Probablemente muchas veces acertamos, pero ¿no sería mejor el mundo si dejáramos que los demás también hablaran, opinaran al respecto o dieran sus propias ideas? Y aun, si estuvieran equivocados, ¿no ha habido gente que ha creído en nosotros a pesar de nuestras fallas y en gran parte, gracias a ellos hemos alcanzado nuestros objetivos?
Si mostráramos día a día más tolerancia hacia los demás, ¿no mejoraría el ánimo de todos al sentirse libres de poder ser ellos mismos y así vivir sin los extremos de usar máscaras para vivir en armonía, o de vivir constantemente a la defensiva por todo el daño recibido?.

Como mencioné anteriormente, todos tenemos etiquetas, ya sea por que nos las puso la sociedad o por que en esa búsqueda insaciable de identidad nosotros mismos nos hemos vestido de ellas.
Puedo decirles por ejemplo, que yo soy mujer, cuarentona, madre, hija, hermana, friki, geek, nerd, “buena amiga” para algunos y “mala amiga” para otros, esposa, poliamorista, novia, autodidacta, autoempleada, agnóstica, perseverante, sobresaliente en algunas áreas y en otras terriblemente deficiente, retro, innovadora, solitaria, carnívora, felina, introvertida, amable, creativa, escritora, buena cocinera, loca, alcahueta, directa, callada insensible, compasiva, hipersensible, mala onda, chida, mensa, incomprensible, comprensiva, incomprensiva y todo lo que se les pueda ocurrir según su percepción de mi. Sin embargo, ninguna de mis etiquetas me da derecho a obligar a los demás a pensar o hacer las cosas como yo. Tampoco da derecho a los demás a maltratarme por no pensar como ellos.

No necesitamos ser “amigos” de todos, es suficiente con vivir respetando la diversidad, viéndola como una necesidad y no como una amenaza. Aprender de los demás. Hablar de lo que somos, creemos y pensamos sin imponer.
Sí, siempre habrá gente con la que no te sientas en completa confianza para hacer o decir algo, y está bien, es parte de esa diversidad, pero no debemos dejar que esa “incomodidad” nos lleve a realizar actos que perjudiquen la vida o integridad de aquellos que “nos incomodan”. Tal vez en esos casos es bueno mantener una sana distancia y si eso no es posible, bastará con recordar que todos somos ese pequeño punto azul que flota en el inmenso universo (como bien pensaba Carl Sagan). Y si no comprendes las acciones o palabras de los demás, pues investiga, pregúntales qué fue lo que realmente quisieron decir antes de tomarte como ofensa algo que no lo era y vivir constantemente a la defensiva.

Así pues, quien quiera tener una religión o un credo, pues que lo tenga. Y quien considere mejor su propia vida sin una religión ¡También es bueno!
Come carne o no la comas. Vive solo o acompañado. Cásate o no. No tengas hijos o ten uno o varios. Lo que sea que hagas recuerda siempre: es tú vida, no vivas la de otros y mucho menos esperes que otros vivan tú vida porque la consideres mejor que la de los demás. La tolerancia debe fluir desde ambos lados.

Creo que si llegáramos a ese nivel de respeto y tolerancia podríamos dejar de atacarnos y así evitar en un futuro no lejano acciones terribles que dejen marcada a toda la humanidad.

Un comentario en “Yo soy, tú no eres. Y así estamos bien.

  1. En pocas palabras y hermosa música, John Lennon pensó como tu piensas. Lástima que por más que sea escuchada no sucedan los cambios deseados.

    Imagine there’s no heaven
    It’s easy if you try
    No hell below us
    Above us only sky
    Imagine all the people living for today

    Imagine there’s no countries
    It isn’t hard to do
    Nothing to kill or die for
    And no religion too
    Imagine all the people living life in peace, you

    You may say I’m a dreamer
    But I’m not the only one
    I hope some day you’ll join us
    And the world will be as one

    Imagine no possessions
    I wonder if you can
    No need for greed or hunger
    A brotherhood of man
    Imagine all the people sharing all the world, you

    You may say I’m a dreamer
    But I’m not the only one
    I hope some day you’ll join us
    And the world will be as one

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